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Espacio Geopolítico, y lo Conmensurable en el Espacio Cartesiano

Enviado por Sorak Arkano el 16/09/2009 a las 03:26 AM

INTRO: Superficie elevada al cubo

 

Una geometría inscrita en las cosas puede asentar la base de un pensamiento clásico, aquél pensamiento que fue posteriormente retomado en la modernidad, en el tiempo en que toda representación bidimensional debía de inscribirse en una estructura lineal para poder ser entendidas y analizadas, como método de construcción de cosas lógicas y existentes. Una cosa existente, que ocupa espacio en todos sus ejes (cartesianos) es una cosa que (de)limita un cierto lugar con su presencia materializada, estableciendo una proximidad máxima en sí misma, impenetrable. Esta "cosa" pesa, masa, mide, abarca, contiene, delimita, existe, y establece éstos márgenes para ser entendida como "cosa".

En el campo de las cosas naturales, aquellas "cosas" ocupan su propio espacio autónomamente: crecen de acuerdo a la virtud contingente de la naturaleza, donde todo es una conjunción de elementos que se dispersan de acuerdo al movimiento de su hábitat. No hay previa planificación de su extensión, no hay un límite pre-establecido que dirija la cantidad de espacio que debe ocupar salvo los limites naturales que se acuñan de aquél movimiento. En cambio las cosas diseñadas tienen el límite preestablecido, en este caso no por el material (pensaría que las cosas antes de ser concebidas son amebas etéreas ambulantes en el aire) sino por la decisión de su extensión.

Cuando pensamos en la "forma" de las cosas - aquella determinación de la extensión de un espacio- nos referimos inmediatamente al perímetro captado por nuestro campo visual respecto de aquella cosa en frente de nosotros. La "cosa" es el dibujo perimetral de los puntos de límite donde existe masa, donde se piensa masa, donde se mueve masa. La cosa es distinta a todo lo que hay a su alrededor, hasta ser interrumpida por otra cosa, que ocupa otro lugar, que ocupa otra cantidad de masa, que ocupa un momento particular en la historia.

En algún momento de las técnicas artisticas, la forma fue la concepción y la manifestación de aquella idea que poseía el creador. Luego la forma derivó a un sistema, un método. En este hemisferio de planificación de una posible idea de forma, el hombre tomó sus instrumentos y gracias al intelecto pudo crear un sistema lógico capaz de racionalizar aquella "cosa" (una forma compleja, que ocupa un espacio cartesiano determinado) como parte de un plano delimitado por rectas que segmentaban y subdividían el espacio (o volumen), de una manera sistemática, lógica y equidistante, asignado para la presentación de aquellas formas. Es aquí donde nacen las «formas bellas», las que surgen del pensamiento moderno como consecuencia del cuestionamiento de las cosas y su lugar dentro de la vida, la existencia y dentro del intelecto, para ser entendidas en su razón de ser "cosas". La apuesta de los viejos renacentistas es, por un lado, crear este espacio ficticio para poder estudiar las cosas, a través de un ordenamiento sistemático de la superficie asignada. Luego, en este espacio creado, situar las cosas representadas (en calidad de ser formas alteradas por el cambio de material, transmutadas) como sectores diseñados para sobre-entender la forma final, que resultaría ser la "cosa identificable", asimilable, comparable con la realidad. La manera de disponer esta representacion en el espacio asignado estaba basada en ciertos cálculos que debía hacer el artista, para proporcionar la extensión que ocuparía la cosa representada. En el caso de las representaciones pictóricas, cada elemento (un objeto, o la representacion de una persona) se encontraba en la medida justa dada por la reticula diseñada sobre sustrato. Cada personaje ocupaba un determinado espacio dentro de la superficie, cuya planificación era dada por ciertas leyes de la composición, recurrentemente simétrica, o en la mayoría de los casos, inscrita en una figura geométrica básica. 

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