INTRO: Superficie elevada al cubo
Una geometría inscrita en las cosas puede asentar la base de un pensamiento clásico, aquél pensamiento que fue posteriormente retomado en la modernidad, en el tiempo en que toda representación bidimensional debía de inscribirse en una estructura lineal para poder ser entendidas y analizadas, como método de construcción de cosas lógicas y existentes. Una cosa existente, que ocupa espacio en todos sus ejes (cartesianos) es una cosa que (de)limita un cierto lugar con su presencia real-material, y que establece una proximidad máxima que es, en sí misma, impenetrable. Esta "cosa" pesa, masa, mide, abarca, contiene, delimita, existe, y establece éstos márgenes para ser entendida como "cosa".
En el orden de lo natural, aquellas "cosas" ocupan su propio espacio autónomamente: crecen de acuerdo a la virtud contingente de la naturaleza, donde todo es una conjunción de elementos que se dispersan de acuerdo al movimiento de su hábitat. En cambio, las cosas diseñadas tienen el límite preestablecido, en este caso no por el material (pensaría que las cosas antes de ser concebidas son amebas etéreas ambulantes en el aire) sino por la decisión en ellas de la extensión de sus cuerpos.
Cuando pensamos en la "forma" de las cosas - aquella determinación de la extensión de un espacio- nos referimos inmediatamente al perímetro captado por nuestro campo visual respecto de aquella cosa en frente de nosotros. La "cosa" es el dibujo perimetral de los puntos de límite donde existe masa, donde se piensa masa, donde se mueve masa. La cosa es distinta a todo lo que hay a su alrededor, hasta ser interrumpida por otra cosa, que ocupa otro lugar, que ocupa otra cantidad de masa, que ocupa un momento particular en el tiempo y espacio. Es en este momento donde las cosas pasan de lo particular a lo común, transformándose en porciones de espacio de extensión arbitraria: la forma se define en la condición de ser impenetrable, ineludible y redibujable.
En algún momento de las técnicas artísticas, la forma fue la concepción y la manifestación de aquella idea que poseía el creador. Luego la forma derivó a un sistema, un método. En este hemisferio de planificación de una posible idea de forma, el hombre tomó sus instrumentos, y gracias al intelecto, pudo crear un sistema lógico capaz de racionalizar aquella "cosa" (una forma compleja, que ocupa un espacio cartesiano determinado) como parte de un plano delimitado por rectas que subdividían el espacio sistemáticamente, de manera lógica y equidistante. Es aquí donde nacen las «formas bellas», las que surgen del pensamiento moderno como consecuencia del cuestionamiento de las cosas y su lugar dentro de la vida, la existencia y el intelecto, para ser entendidas en su razón de ser "cosas". La apuesta de los viejos renacentistas es, por un lado, crear este espacio ficticio para poder estudiar las cosas, a través de la segmentación del plano bidimensional. Luego, en este espacio creado, situar las cosas representadas (entidades transmutadas, formas alteradas por el cambio de material), sectores de lineas y colores diseñados para sobre-entender la forma final, que resultaría ser la "cosa" reconocible, asimilable, comparable con la realidad.
El sistema que permitía diagramar estas figuras en el espacio bidimensional estaba basado en ciertos cálculos matemáticos que debía hacer el artista, para delimitar la extensión que ocuparía cada cosa representada. En las representaciones pictóricas, cada elemento (un objeto, o la representación de una persona) coincidía con la retícula diseñada sobre el sustrato, que permitía una diagramación la mayoría de las veces simétrica, y las figuras resultaban inscribirse en figuras geométricas básicas. Posteriormente, la forma prescindía del movimiento visual, el dibujo que resultaba ser la manera de ver y diagramar una escena. Entonces, la estructura capaz de dar forma a las cosas cambiaba de acuerdo al pensamiento que contextualizaba cada momento histórico. Sin embargo, la "cosa" parecía ser inmutable.
El problema de la existencia de "las cosas" retorna hacia el sistema de representación sensorial y no a la experiencia material de las cosas reales. La "cosa" es una superficie elevada al cubo y no un cuerpo volumétrico. Se trata entonces de una delimitación de aristas y curvas en el plano cartesiano más que un objeto sólido en el espacio real, puesto que nuestra visión sólo interpreta límites entre entidades que se perciben distintas.
El espectáculo de las formas nos sugiere incluirnos en el plano ficticio de la representación, que torna esta negación de la realidad, la falsedad, en la posibilidad crítica de lo real, en el pabellón de la mímesis fracturada, en la directriz entre lo real tocado y lo real visto, situado en el plano bidimensional, donde todo es necesariamente traducido a una superficie llana para ser analizado y entendido, una superficie de cálculos y errores, de ensayos y propuestas. La representación bidimensional (a saber el dibujo, y por consiguiente, la pintura) es la rectificación sensorial de lo que niega la cosa real, volcando en el plano el cálculo final del ajuste al formato.
Toda figura conduce a una forma de distinta naturaleza: una forma que ocupa un espacio físico temporal material tangible, y otra que, aunque se origine en un sustrato físico, pretende sublimarse en estratos superiores de la inteligibilidad, considerando una pequeña parte de materia en el plano para poder ejemplificar la situacionalidad de las cosas visuales.


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